Ayer a la tardecita: encuentro de lecturas de
elinterpretador. Amigos, conocidos, desconocidos, todos con ánimo dominguero, lindo clima, vientito por la ventana y varios ferné para amenizar.
Esta vuelta ni barwoman ni presentadora; me tocaba leer. No había estado convencida, había sido más algo de último momento y el cansancio de las últimas semanas me hacía dudar respecto de mi capacidad para sentarme ahí y estar tranquila.
El sábado a la noche había tenido un casamiento judío, el segundo o tercero del año, y los saltos ricudímicos se hacían sentir en el cuerpo, en la cara y en la voz cuando me levanté sin ganas de nada a las 15.00.
Pablo no iba a venir, mi vieja no iba a venir, mis alumnos no iban a venir, mi hermana tampoco, los amigos de "afuera" de la revista y de la facu tampoco podían... el ánimo no parecía del todo propicio para una lectura confortable. Por suerte hablé con J. y pudimos tomarnos un café antes de salir, distender un rato, comer un tostado y ahí sí, enfilar para San Telmo. Se me ocurrió llamar a Andi, con el impulso de último minuto y ella me dijo "dale, si es relindo que alguien te vaya a escuchar, yo voy". Así que tuve a mi única invitada especial de compañía y aliento durante la tarde. Iba mejorando el ánimo.
No es que me de miedo leer, ni tampoco creo que el cuento en cuestión me pareciese vergonzoso, simplemente el conjunto de lectura-público-cansancio eran un cocktail molotov en mi garganta que seguía resistiéndose a funcionar, en la presión que tendía a bajar a pesar de las papasfritas de paquete y a la sonrisa estúpida que no podía sacarme de encima. Para colmo leía casi última. Mucho tiempo para pensar en equivocaciones y posibles errores. A la vez pensar "que onda, son mis amigos, por qué estoy nerviosa". Y sí, estaba nerviosa de todos modos. A Seba nunca le había gustado ese cuento y yo tenía pensado dedicárselo a él. Ironías. Tres fernés después de haber llegado, habiendo escuchado lecturas de las más diversas (que me gustaron mucho en general y me sorprendieron), llegó mi turno.
Lo que más me jode en esas ocasiones es que por más que ponga mi mejor voluntad por estar calma, me tiemblen las manos. Y me tiemblan. A full me tiemblan. Así que mejor dejar apoyadas las hojitas en la mesa y cruzar las manos. La única clave: leer lento. A la afonía usarla de clima. Volver a pensar en el cuento, en la siesta, en los recuerdos infantiles, en esa mezcla de crueldad y dulzura que había inspirado la escritura. Sopor, tarde cayendo, calorcito de verano. Mi hermana Ana con las barbies, armar casitas en la terraza de casa, escuchar los partidos de river en volúmen bajísimo para no despertar a mi viejo, mis viejos juntos. La casa grande. La terraza. El sol, tanto tanto tanto sol. Todo eso en los dos segundos que respiré entre el título y dedicarle a Sebi la lectura. Y después nada. Respirar y dejar fluir el texto y respirar de nuevo y así. Era breve, muy breve, pero para mí, fue un tiempo suspendido de deseo y somnoliencia, paciente, disfrutado, con la angustia incluso de la vergüenza y la presión que había acumulado durante la tarde.
Y estuvo bueno, estuvo lindo. Alguien me dijo después que era muy macabro, y eso estaba bien, porque sí era un poco macabro.
Nada, que después de un sábado tremendo, de llanto en la calle y peleítas estúpidas con P., de corridas, de llegadas tardes, de lapsus y tropezones. Después de todo eso, un placer compartir de nuevo, después de tanto tiempo, un cuento, después de tanta poesía, un cuento como los de la secundaria, cuando leíamos en el taller literario, en el gimnasio sentados en el piso. Y sentir que la gente cercana es eso, un círculo alrededor, atento y comprometido.
AMIGOS: gracias.