¿Cuándo fue que me convertí en la pájara parlanchina que soy?. ¿Fue cuando mis padres me llevaban a cuanto evento social tuvieran y me dejaban ahí "en el medio", "charlando con los grandes"?.
Con mis tres o cuatro añitos escuchando lo que decía mi tío Pupi, los chistes verdes que aun no podía entender, escondiéndome en las piernas de mi tía Alicia. La familia de mi mamá, los tanos cantantes y fanáticos de la opera. Todos músicos y borrachos. O en la casa de mi abuela Yaya con las peleas políticas, todo el cuadro completo del peronismo, desde la FAR hasta mi abuelita casi lopezreguista. Por allá y por acá, por todos lados palabras. Ellos hablaban y yo así, como quien no quiere la cosa, empecé a participar.
Mis padres son opinólogos. Es un hecho.
Y yo terminé amando la palabra por sobre todo lo demás.
Charlatana.
Es una descripción con acepción despectiva. Derivadora. Chanta. Mentirosa.
No es ese el camino más usual, aunque lo he recorrido también, en su máxima expresión mi particular hablarismo se transforma en una actitud "sincericida".
Torpe. Eso sí, poco hábil, porque el amor a la conversación que fluye va más rápido que mi mente.
Así es que lo que más deseo es aprender a callar. Callarse, guardar, retener, incomunicar. Ser receloso de lo propio. Todo eso me encanta. Me fascinan las personas misteriosas, escurridizas que dicen solo lo justo en el momento justo.
Yo sueño con ser así, algún día. Pero la adiposidad verbal se multiplica. En volutas, redondeces. Viene con aceto, con aceite de oliva, lo meto al horno y me lo como. Nada de ojeras violaceas y románticas pestañas.
Me vestí de negro con tachas un tiempo en la adolescencia, pero me parecía más a Pappo que a Winona.
¡Y cuanto quería ser Winona!. Vivir con Eduard Scisor'shands en la penumbra de El Extraño Mundo de Jack. Usar las carteritas de ETS y llorar siempre contra una ventana en la que se ve la luna.
Callarse.
Ser silenciosa.
Y pasó que luego del final -ya está, salió bien- el stress acumulado colapsó y a la noche comencé a sentirme rara. Los oídos, la garganta, la nariz.
La mañana siguiente el resfrío estaba desatado y yo decía "no me sienten la voz tomada". "No, para nada" dijeron madre y novio. Y qué pasó, yo seguí, como siempre, en mi canturreada constante habitual vida de palabras. Empezó el año en la Escuelita, empezó todo y más y más dolor en mi garganta.
Ahora sí la voz más tomada, se notaba, carraspera, tos.
El miércoles: afonía. Afonía grave.
Ayer: casi mudez. Y mucho dolor. Vino el médico y dijo que era stress y que tenía que hacer reposo vocal.
Aquí estoy, con otras palabras, muda de sonido.
Ahora siendo yo.